Conocí a una persona que sufría de depresión severa y pensamientos negativos. Se había aislado y retraído porque nadie la escuchaba ni comprendía. Con compasión, intenté acercarme a ella con verdadera comprensión y empatía, esforzándome también por expresarle el amor con palabras, como el de una madre.
En ese momento, ella dijo: "¿ De verdad hay gente tan buena en el mundo? Me has brindado tu esfuerzo, tu tiempo e incluso me has preparado una deliciosa comida casera . Sigues ahí, esperándome pacientemente con tanta amabilidad".
En el futuro, continuaré abrazando a todos con el amoroso lenguaje de la Madre María, convirtiéndome así en una persona cálida que comparte amor con este mundo árido.
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