Hoy tuve la preciosa bendición de conocer a un hermano a quien no había visto en los últimos tres meses desde nuestra última educación el año pasado. Ahora, durante la Educación Colectiva del 1.er Trimestre, nos reunimos nuevamente con brillantes sonrisas y corazones cálidos.
Lo saludé con gusto: “¿Cómo estás, querido hermano?”. Él respondió: “Estoy bien, gracias al Padre y a la Madre. ¿Estás feliz? Respondí con alegría: —Sí, estoy feliz, no solo porque los veré de nuevo, sino porque el Padre y la Madre están siempre con nosotros. Y a partir de ahí, continuamos nuestra conversación, llena de calidez y gratitud.
A través de ese simple saludo: “¿Cómo estás?”. -Me di cuenta una vez más de la verdadera esencia de nuestra Familia. Esas sencillas palabras pueden abrir corazones, fortalecer lazos y recordarnos que nunca estamos solos al recorrer el camino de la vida. La alegría y la felicidad de ver a mi hermano, que continúa recorriendo el mismo camino, es realmente memorable y conmovedora.
Mientras hablábamos, compartimos risas y la alegre experiencia de servir juntos, animándonos unos a otros con esperanza. En ese momento, sentí lo precioso y valioso que es cada uno de nosotros. Cuánto más felices deben sentirse el Padre y la Madre cuando ven a sus hijos unidos, amándose unos a otros y viviendo en armonía.
Espero ansiosamente el día en que todos podamos reunirnos en nuestro hogar, compartir nuestras historias para siempre y nunca más separarnos. ¡Qué día tan glorioso y feliz será ese día!
Gracias al Padre y a la Madre.